A las cuatro de la madrugada de ayer, un fuerte temblor aterrorizó a los tucumanos. Salvo los que tuvieron la suerte de no despertarse, la inmensa mayoría de la población experimentó ese pánico mezclado con impotencia, que nos invade cuando la naturaleza expresa su terrible fuerza.
Como un relámpago, pasa entonces por la cabeza la conciencia de la pequeñez del ser humano, ínfimo habitante de un planeta que rota hasta no se sabe cuándo en la inmensidad celeste, y cuyas reglas internas estamos muy lejos de conocer. Sabemos que a pesar de la arrogancia de nuestra ciencia, ella no ha descubierto cómo predecir los temblores y los terremotos, ni mucho menos cómo controlarlos de algún modo.
Más allá de estas y de muchas otras reflexiones que pudieran ensayarse frente a la dramática experiencia de esa noche, parece más útil asentar algunas referidas al tema de las catástrofes naturales en general y su relación directa con nosotros, los inevitables candidatos a sufrirlas. Y entonces, preguntarse en qué medida estamos adiestrados para tales casos.
Digamos que, en primer lugar, el Estado tiene que ser implacable en la aplicación de las normas antisísmicas en toda construcción que se levante. Y que, lógicamente, tales normas deben ser controladas, mejoradas y actualizadas periódicamente, de acuerdo a las últimas prescripciones técnicas en la materia.
Pero es igualmente importante que la población tome conciencia de los recaudos que corresponde adoptar frente a las calamidades naturales, en esa amplia e inquietante gama que abarca los sismos, las inundaciones, los aluviones, las crecidas de los ríos.
En cuanto a estas últimas, piénsese por ejemplo en la cantidad de veces que se construyen viviendas en los antiguos lechos de cursos de agua, sin pensar que ellos, en algún momento, pueden volver a convertirse en vehículo de torrentes.
No puede negarse que los organismos oficiales, desde hace mucho tiempo, vienen difundiendo pautas de la conducta adecuada para aminorar la pérdida de vidas que es saldo fatal de las catástrofes. Lo que interesa establecer es en qué medida la población en general ha asimilado esas prevenciones, para ser capaz de ponerlas en práctica frente a la eventualidad y superando el paralizante terror.
Nos parece que debiera profundizarse en una docencia constante sobre estos recaudos. Hablamos de dedicarles clases especiales en los establecimientos educativos de todos los niveles. E insistir de forma periódica en el tema, hasta comprobar que niños y adolescentes lo han incorporado a su mente de modo claro y concreto.
Y no es necesario añadir que una docencia similar ha de efectuarse también en el seno de los hogares, hasta hacerse carne en todos sus integrantes.
Así ocurre, como se sabe, en las zonas sísmicas cuyos habitantes están debidamente concientizados: cada noche, antes de dormir, los miembros de la familia verifican que quede libre de obstáculos el camino que deben recorrer para ponerse a salvo del fenómeno, si ocurriera. Esa conciencia tiene enorme importancia a la hora de proteger vidas.
Obvio es decir que todo esto debe tener expresión contundente en los organismos del Estado. Las estructuras para afrontar catástrofes tienen que contar con la más generosa dotación de personal, de equipos y de comunicaciones, para garantizar un auxilio tan inmediato como eficaz. No deben escatimarse las inversiones en estos rubros, necesitados de constante fortalecimiento y actualización, y que deben figurar entre las prioridades del gasto público.